Humanización en Arquitectura, a pesar de la pandemia. Parte I

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Sobre nuestros valores

PARTE I

Cuando comenzó la crisis del coronavirus, cuando se nos fue colando la sorpresa, el miedo y la incertidumbre, muchos de nuestros pilares de pensamiento, incluso de base de nuestro trabajo, entraron en cuestión. Las reflexiones de un día quedaban caducas al día siguiente, y todo iba a una velocidad que nos impedía reflexionar de manera serena acerca de lo que estaba pasando.

En Parra-Müller, desde nuestras primeras pinceladas, reflexionando acerca de la necesidad de balcones en las viviendas, o de nuevos modelos hospitalarios más o menos óptimos para atender la pandemia, habíamos congelado la defensa de la necesidad de humanización de los entornos sanitarios, por temor a que pareciese un capricho que no tiene cabida ante unas cifras de muertos escalofriantes, con el dolor y la soledad de tantas personas al morir y los no duelos de tantas familias aquejadas, además de todos los efectos secundarios económicos y sociales.

 

El impacto del universo COVID

Hemos necesitado varias semanas de confinamiento, de lecturas y de desarrollo de otras acciones, para tener la seguridad y la serenidad necesarias para establecer una reflexión acerca del impacto del “universo coronavirus” en la arquitectura sanitaria, y en la arquitectura en general. Y ahora sí alzamos la voz para defender la necesidad de la humanización de nuestros espacios sanitarios.

Siempre hemos sostenido que cuanto más vulnerable es un paciente o usuario, más necesidad de cuidados, y más impacto de todo el entorno en su salud. Una persona moribunda no dedicará su último pensamiento a observar y analizar el espacio, su batalla está en la vida y la muerte, pero eso no significa que ese mismo espacio pueda hacerle más fácil (o más difícil) esa lucha final. El espacio como actor pasivo, como tercer cuidador, que aporta inconscientemente, elementos de bienestar -motores de vida- en cualquier situación.

Así que, en un momento en el que la humanización de los entornos hospitalarios, los cuidados de privacidad, la incorporación de materiales saludables, o el confort acústico o lumínico, corren el riesgo de ser relegados a un quinto plano, en aras de la supervivencia más elemental, reivindicamos precisamente por eso, la necesidad de mantener nuestros entornos lo más amables y confortables posibles.

Porque la humanización no es la tercera derivada de una categoría de país rico, no es un capricho o un lujo que ahora no nos podemos permitir, sino que está en el ADN de nuestras necesidades y aspiraciones como personas, como sociedad. La humanización es una respuesta a ciertas carencias detectadas en nuestro sistema e infraestructuras. Y en dicha respuesta se unen dos facetas: la buena atención, y también el diseño y la arquitectura que se ha ido sensibilizando cada vez más.

La era post coronavirus no puede ni debe prescindir de una mirada humanizadora sobre sus espacios sanitarios.

Al igual que nadie duda de la necesidad de humanizar los cuidados a los usuarios o de poner especial atención en los pacientes vulnerables, la humanización de los entornos, debería estar tan incorporada en las mentes de quienes diseñamos, que incluso en casos de emergencias, deberían ser visibles. Igual que la accesibilidad, o la sostenibilidad, que ya nadie se atreve a poner en duda, como soluciones eficaces y necesarias en nuestros edificios, ciudades y entornos construidos.

 

Hospitales de campaña

Los espacios que han sido transformados para abordar la saturación del sistema sanitario, cuyo mayor exponente es el Hospital de IFEMA en Madrid, han resuelto de la mejor manera posible, dado el contexto, la extrema emergencia que hemos vivido, con unas dimensiones y capacidad absolutamente impresionantes.

Quizá no hubo mejor manera de hacerlo en este caso, pero sí apelamos a la reflexión de si es la mejor opción, o la mejor solución, a futuro. Los medios y la emergencia han sido como han sido, pero démonos la oportunidad de aprender y mejorar tras la experiencia.

La deshumanización de esos enormes hospitales de campaña, implementados en ferias de muestras, polideportivos o naves industriales pasa factura a todos los usuarios, incrementando su percepción del miedo y el riesgo, y potenciando la sensación de anonimato, de desarraigo y de invisibilidad como paciente.

Es cierto que el calor humano y la entrega generosa de los sanitarios han paliado los efectos negativos del entorno. Menos mal. Pero el espacio construido, ese tercer cuidador, tan necesario precisamente cuando hay tantas carencias, no estaba, no ha podido aportar sus beneficios.

Entornos más controlados, menos descomunales, con capacidad de que el paciente lo entienda e incluso controle sus propios límites percibidos, con un techo cercano y un control físico de su propio espacio, a través de paredes, o cortinas, o vallas…, mejoraría mucho la experiencia. Al igual que un control de la acústica, del ruido ambiente común a través de la ruptura del espacio común. Pensemos que en las ferias de muestras, existen muchos materiales y medidas de ayuda al control acústico, como la moqueta que cubre todo el suelo, y que en caso de hospitales de campaña, no puede ser colocada, por razones de higiene, lo que complica y aumenta los niveles de ruido en un espacio común. Las vistas de los enfermos nunca son del exterior, no hay una ventana por la que soñar con el cielo azul, ni tienen acceso a un rayo de sol en semanas, con sus enseres y ropa en bolsas de basura junto a las camas, con pocas opciones de cargar un móvil o dejar una botella de agua en algún lugar que no sea el suelo… Muchas soluciones son sencillas, fáciles de implementar, y con un efecto positivo que los pacientes agradecerán sin duda.

 

Continuamos aquí con la parte II